Entre monedas, doctores y velorios
Este 25 de noviembre ha sido de esos días donde debes hacer todo en medio día porque la tarde la tienes destinada a otras actividades no productivas, programadas con anterioridad. Desde las 8 de la mañana todo ha sido una locura, primero porque debía dejar cubierto el banco y para ello era necesario vender algo y que además fuera cancelado. Uf! tarea difícil, pero como siempre no imposible. Además de hablar con medio centenar de comensales con los que mantengo relaciones financieras. Por cierto casi todo gira en torno a este ítem, finanzas…
Habiendo sacado la tarea más que satisfactoriamente, me las emplumé a Concepción acompañando a mi novia para resolver algunos exámenes médicos, no sin antes pasar por el velorio de una colega y connotada vecina chillaneja, que por razones que ignoro, estaba siendo velada en Concepción. Once en casa de mis suegros, recargando pilas (con el ombligo parado) para volver a Chillán ya cerca de las 22 horas… Para relajarme, saqué a pasear a mi perro al parque.
La izquierda unida jamás será vencida
La gente dice que Arrate es el mejor, el que tiene las mejores ideas, el más querendón y un largo etcétera de atributos que poco a poco se van conociendo con el correr de la campaña presidencial. No obstante, no es muy claro que su gran afinidad con la gente le de más votos a la izquierda, creo que esta elección demostrará que la izquierda es un sector que o se integra más al ala progresista o muere.
un poco más de experiencia
Varias veces he emprendido nuevos proyectos, dedicándoles gran cantidad de tiempo. Mi problema es que cuando creo en algo le pongo todo el corazón para sacarlo adelante y claro, eso conlleva un riesgo que en este caso quedó determinado en un descuido de mis prioridades. Aunque en ese momento mis prioridades eran otras, dada las circunstancias completamente extremas que estaba viviendo. Casi que fue un acto desesperado y también de esperanza para revertir un momento. No será ni el primero ni el último fracaso…
El estadio mágico
El domingo fui solo al estadio. Hay algo que me atrae de ir solo a ver a Ñublense, es como si fuera un momento mágico, único y absolutamente mío. Estar en el estadio, rodeado de desconocidos que gritan bajo un mismo objetivo (alentar al Rojo) es liberador, porque dejo de lado cualquier problema que tenga y olvido por un instante las complejidades que por estos días me presenta el mundo laboral.
En fin, empató Ñublense y con ello aseguró su continuidad por un año más en primera divición del fútbol chileno. Por eso, hoy estoy contento.
Una distancia evitable
Recién, a las 23:42 hrs. está terminando mi día laboral, miro a mi lado y mi novia duerme hace largo rato con unas ganas que por momentos envidio. Me siento cansado, este ha sido un día complicado, ha sido un día de decisiones complejas, fuertes, para las que no estoy muy preparado y por tanto requieren de mayor atención en sus consecuencias. En todo caso, decisiones que pienso traerán, en el largo plazo, cosas positivas.
Llevo un mes sin ver a mis hijas, más bien, sin estar con ellas, porque me las he arreglado para verlas aunque sea por 5 minutos, paso por su casa, les llevo cositas que me han pedido y es la excusa perfecta para mirar sus caritas que tanto hecho de menos y que por capricho de su madre hoy no puedo hacerlo como quisiera. Si hace un mes llevaba una vida con ellas, almorzando en mi casa lunes, miércoles y viernes, más el fin de semana correspondiente. Si sumamos, era contundente, enriquecedor y de mucha complicidad con ellas. Pero ya no, y no se porqué.
Hoy la frustración se apoderó de mi.
Lo que hoy me sucedió es más bien el sino de mi realidad. Estoy seguro de que lo que estoy haciendo traerá consecuencias positivas en mi estabilidad económica, sin embargo en nada colaborar en mi situación actual, porque perdí tiempo valioso en solucionar problemas del día a día. La fórmula estará en lograr complementos “efectivos”.
Talcahuano y sus prejuicios
Después de trabajar como “chino” este domingo llegué a Talcahuano a celebrar el cumpleaños de la Liza. Este es una ciudad de matices con olores que cambian a cada kilómetro. Primero una brisa con aroma a mar y luego el típico olor de las pesqueras, ese olor a “choro” que mata la pasión y el encanto de la tradición portuaria. La gente acá está acostumbrada y ni se da por aludida, en cambio para nosotros los forasteros, es insoportable y con tan poco tiempo no terminamos de acostumbrarnos.
Buscando comprar un cepillo de dientes pasé por un tremendo supermercado, pero con sus estanterías prácticamente vacías, era un escenario dantesco, que caracterizaba un total desabastecimiento, pobreza, que nada ayuda a la imagen que se refuerza con el olorcillo ese.
Al final todo es un prejuicio, porque la gente es buena, el olor es inevitable del desarrollo industrial de la principal actividad local y el supermercado está en etapa de cambio de propietario.

